Los mejores

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Desde que soy madre siento la inquietante necesidad de darles lo mejor a mis hijos: los mejores valores, la mejor educación (que me puedo permitir), la mejor comida, los mejores besos y abrazos, los mejores consejos, las mejores conversaciones… procuro que ellos lleguen a ser LOS MEJORES. Y seguro que pensaréis: «vaya! otra mamá exigente que agobia a sus hijos con presiones absurdas». Pues… para qué mentiros, a veces lo soy; aunque la mayoría de las veces procuro ser esa madre que les escucha, les atiende, les mima, les besa y les da lo mejor de ella (aunque a veces me equivoque, porque perfecta no soy).

Cuando estaba embarazada fantaseaba con lo que serían de mayores. Estaba convencida de que llegarían a ser alguien importante en la vida. ¡Cuánta razón y equivocación por partes iguales tenía!. Creas un mundo virtual donde todo parece maravilloso.

Y cuando al fin nacen, qué duros y largos se hacen algunos embarazos, ese mundo inventado en la mente se desvanece. Ya no piensas lo mismo, ya nada es lo mismo. Un giro inesperado de 180º.

Ellos crecen, absorbiendo los valores, la educación, los besos, abrazos, caricias y mimos que nosotros les damos. Y sorprendentemente escogen, tienen opinión. Ellos deciden.

Por ejemplo, si os digo la verdad, tenía mejores planes musicales para mi hijo, pero él escogió tocar la batería… Y pensé «con lo que me hubiera gustado que tocase el piano» (lo reconozco Christian Grey ha hecho mella). Pero «permití» que él escogiera, le permití escoger su camino, su opción no era la mía, porque no podía exigirle que hiciera lo que YO quería que hiciese. Y le apunté a fútbol, y al segundo día me dice que es lo más aburrido del mundo y que quiere jugar a tenis. ¿A tenis? Yo tenía pensado tener un hijo futbolista, oír por la megafonia su nombre, oír corear al campo rimas sobre lo buen jugador que es… Le apuntamos a tenis porque definitivamente es su opción no la mía.

Me volví a quedar embarazada y pensé que tenía una segunda oportunidad de tener una pianista (es que Grey es mucho Grey…) en la familia. Y con cuatro años mi hija ha escogido… tocar el violín. Es su opción, pero no es la mía. La apuntamos a ballet, y me dice que le duelen las «puntitas», que es un rollo y que quiere jugar al tenis. Y ¿qué vamos a hacerle? Pues dejarle escoger. No hay nada malo en ello.

Porque lo que tengo muy claro es que es su vida y ellos van a escoger, y van a acertar y van a equivocarse; y lo único que importa va a ser que sus padres van a estar allí, siempre. Disfrutando con sus victorias, llorando en sus conciertos, reconfortándoles en las derrotas, ayudándoles en sus deberes (porque los tienen), dándoles ideas sobre cómo afrontar «conflictos» escolares, amorosos, familiares, en definitiva dándoles lo mejor de nosotros, lo que nos han dado nuestros padres; para que ellos crezcan en un mundo mejor y sean felices.

Porque si os digo la verdad, no me importan que no sean los mejores de la clase, ni jugando al tenis, ni tocando sus instrumentos… No me importa, porque ellos son felices y para mi siempre serán LOS MEJORES (aunque queden en último lugar).

Y de lo único que debemos encargarnos los padres es de que nunca les falte la magia en sus vidas.

Equipo Disfrázateymas.

 

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